Hay hambre: por guerras o por malas cosechas, por injusticias o por dejadez, por culpa o sin culpa. Hay hambre en niños y en ancianos, en jóvenes y adultos, en sanos y en enfermos, en los países más pobres y también en los países más ricos. Duele ver cómo tantos hombres y mujeres malviven y mueren por falta de alimentos. Duele, sobre todo, porque si hubiera un esfuerzo sincero y serio de los gobiernos y de quienes tienen tiempo y oportunidad, el hambre podría quedar derrotada en casi todo el planeta. Frente al hambre de tantos millones de seres humanos, cercanos o lejanos, se agradece cualquier gesto de ayuda que nazca desde el amor y la justicia. No podemos ser indiferentes ante el hermano que no tiene nada para aliviar su hambre en este día. El Evangelio es claro: Dios premia y bendice a quienes socorren al hambriento. "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer (...)...