DAR DE COMER AL HAMBRIENTO

 Hay hambre: por guerras o por malas cosechas, por injusticias o por dejadez, por culpa o sin culpa. Hay hambre en niños y en ancianos, en jóvenes y adultos, en sanos y en enfermos, en los países más pobres y también en los países más ricos.

Duele ver cómo tantos hombres y mujeres malviven y mueren por falta de alimentos. Duele, sobre todo, porque si hubiera un esfuerzo sincero y serio de los gobiernos y de quienes tienen tiempo y oportunidad, el hambre podría quedar derrotada en casi todo el planeta.

Frente al hambre de tantos millones de seres humanos, cercanos o lejanos, se agradece cualquier gesto de ayuda que nazca desde el amor y la justicia. No podemos ser indiferentes ante el hermano que no tiene nada para aliviar su hambre en este día.

El Evangelio es claro: Dios premia y bendice a quienes socorren al hambriento. "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer (...) Entonces los justos le responderán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer (...)?» Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,34-40).

El "Catecismo de la Iglesia Católica", al comentar la petición del pan que hacemos en el Padrenuestro, afirma lo siguiente: "El drama del hambre en el mundo llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cf. Lc 16,19 31) y del juicio final (cf. Mt 25,31 46)".








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